¿POR QUÉ SE QUEMAN PELLEJOS LA VISPERA DE SAN PEDRO ?
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Abriendo definitivamente las puertas al verano, y a modo de postre de la hoguera de San Juan, la quema de pellejos en la Plaza Vieja la víspera de San Pedro, es algo que la mayoría de los debarras hemos vivido de pequeños con especial gustirrinín.
Aunque en mi caso de esto hace ya unos añitos, recuerdo que la chavalería de entonces con los pantalones cortos, las vacaciones recién estrenadas y los sinsabores de la escuela ya olvidados, cenábamos temprano y nos sentábamos de espera alrededor de la fuente de la plaza, con los pies colgando del pretil, mirando con curiosidad como un par de hombres iban haciendo la tarea de acarrear y de colocar los entonces tres pellejos enganchados a las picas de hierro clavadas en los pequeños bidones de chapa apretujados de piedras y de oscura arena de la playa. Los colocaban en hilera, en frente la pastelería Miramar, como si fuesen “las tres cruces” ( a mi de pequeño eso me parecía).
- Cagüen riaú todos pa trás- un vozarrón asustaba a los más bichos, mientras esparcían arena un metro alrededor para que los lamparones de brea ardiente que se desprenderían del interior del odre no se pegasen luego al suelo.
A esas horas, en el cielo raso casi marino de la tarde noche, resonaba el chirriar de los abundantes vencejos que volvían a sus nidos del tejado de la iglesia haciendo quiebros y rizos en el espacio de la plaza. En el ambiente del anochecer se respiraba un agradable verano verde y a veces el aire olía a bocanadas de húmeda kresala.
Entre el movimiento de los adultos que ya se arremolinaban, resaltaba la silueta del alguacil de impecable uniforme azul oscuro, que cruzaba de vez en cuando por el lugar dejándonos el aviso claro que andaba por las cercanías.
Pasábamos esos minutos inquietos y dispersos, hasta que de golpe rompía estridente el sonido de los txistus y volvía a centrar nuestra atención en el acontecimiento. Todos nos girábamos a la vez, los más bajos estirábamos el cuello. Mientras, alguien remangado le daba fuego por la parte de abajo a un pellejo con un chisquero de gasolina plateado que alargando el brazo alzaba entre dos dedos. Luego al otro, y al último. Y ponía a prueba nuestra infinita impaciencia, porque no prendían al instante. Nosotros casi haciendo esfuerzo con los ojos para apagarla, observábamos con incertidumbre cómo la tímida llama iba asomando por alguna esquinita del odre y como iba ganando luz. Eso hacía sonreír y tranquilizaba al que tenía que mantener el mechero que ya le quemaba y lo demostraba en tacos.
Entre el bullicio de los chavales poco a poco el nimio fuego iba tomando cuerpo y se convertía en una arrogante tea. Tres efímeras teas. Entonces los espesos lagrimones de lumbre comenzaban lentamente a dejarse caer a la arena esparcida en el suelo alrededor del pequeño bidón y se mantenían un tiempo sobre ella con una pequeña llama alargada y mustia que se hundía.
La luz del fuego, mientras se reflejaba en las pupilas de los presentes y amarilleaba los perfiles de las caras, despacio, iba desnudando en el atril a los pellejos, hasta que poco apoco les iba descubriendo los secos brazos en cruz de la percha de hierro, para culminar dejando al descubierto el deshuesado tronco para entonces ya una simple aspa de herrumbre carente del mínimo atractivo para nosotros.
En ese rato, y atraidos por un nosequé, y sin darnos cuentam, nos habíamos ido acercando aún más a comprobar de desde lo más cerca posible si era verdad que quemaba aquello negro que se consumía. Le tirábamos arena y alguno, más trasto, le escupía...
A los pocos minutos, cuando ya sólo quedaban los hilos del negro humo amargo, nos dábamos cuenta que ya no se oía el txistu ni a los vencejos, que había caído la noche para, al poco, sin quererlo, retirarnos de la plaza andando y mirando hacia atrás, todavía sin ningunas ganas de entrar en casa
Pero, ¿A SANTO DE QUÉ?
Este último año 2008 se han vuelto a quemar pellejos de verdad y no sucedáneos como se había hecho costumbre. Yo, mientras mis hijos disfrutaban, me preguntaba sobre el origen del esta tradición. He indagado y algunos viejos del lugar responden que ellos siempre han conocido la quema de pellejos pero no aciertan a recordar los motivos concretos del acontecimiento.
Me llama la atención que , aunque la celebración es en la plaza no se realice frente a la iglesia, sino dándole la espalda y, además, no sea visible (que yo recuerde) representante alguno del clero, asemejándose a otras celebraciones de origen civil, como es la de San Juan.
Actualmente, en otros lugares, tal víspera de San Pedro se queman en fogata los sobrantes de piel curtida y se festeja una carnavalada esa misma madrugada; parece ser que este festejo va ligados las celebraciones del antiguo gremio de curtidores de piel. En Deba,(casualidad?) , también ha habido curtiderías, la última ubicada en Artzabal funcionó hasta mediados del siglo XX. Esta puede ser un hilo de donde tirar.
Otra de las tesis que he oído mantiene que la quema de los odres va ligada al gremio del vino. Al parecer la normativa en un tiempo, restringía la venta de vino tinto que se traía de Nafarroa en determinadas épocas del año y una vez ya consumidas la sidra y el txakolí de berto. Según ésto la quema de los odres iría ligada a la cultura del vino.
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En cualquier caso, no hay muchas personas en el pueblo que tengan claro el verdadero origen de este acontecimiento, y desde estas líneas se agradecería cualquier aportación que ayudara a enriquecer o aclarar los porqués de esta tradición que, como los pellejos, también se va consumiendo.

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“NO LOGO. El poder de las marcas”.
